Contar con un diagnóstico clínico del neurodesarrollo no debe determinar el futuro de un estudiante ni convertirse en una barrera académica; sin embargo, para garantizar una equidad genuina, el sistema educativo mexicano requiere transitar de las buenas intenciones a un respaldo financiero sólido. Así lo advirtió Maricela Zúñiga Rodríguez, profesora investigadora de la Licenciatura en Ciencias de la Educación del Instituto de Ciencias Sociales y Humanidades (ICSHu) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH).
La especialista señaló que, aunque nuestro país posee un marco legal y políticas públicas orientadas a favorecer este rubro, los esfuerzos resultan insuficientes ante la realidad diaria de las aulas. “Si una ley no se acompaña de un presupuesto, es letra muerta”, sentenció la académica, al evidenciar las severas limitaciones que enfrentan las escuelas para responder con eficacia a las necesidades de su matrícula.
Al desmitificar estas condiciones, la investigadora explicó que la población con trastorno del espectro autista (TEA), trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) u otra condición similar, posee un funcionamiento cognitivo distinto. Lejos de representar una limitante, esta característica les otorga una perspectiva única del mundo; por lo tanto, al recibir los apoyos pedagógicos adecuados, su capacidad de desarrollo es ilimitada y pueden construir proyectos de vida plenamente autónomos.
No obstante, materializar esta inclusión exige voluntad y herramientas. La docente Garza subrayó la urgencia de brindar formación especializada al profesorado, pues adaptar los métodos de enseñanza a la neurodiversidad requiere una doble planeación en las aulas. Este complejo reto pedagógico solo puede superarse al conformar un frente común con las familias, quienes aportan el conocimiento más íntimo sobre las formas de aprendizaje de cada joven.
